deportes Martes, 29 noviembre 2016

Hasta siempre, Chapecoense

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Fuente: El Comercio

Te despiertas una mañana cualquiera y un amigo te pregunta si te has enterado de lo del Chapecoense. Tú dices que no, te imaginas algo relacionado al fútbol, un delantero que arrancó en quinta división y que ahora jugará la final de la Sudamericana, alguna de esas historias de superación que pueden endulzar una por lo demás cotidiana mañana de martes.

Pero todo lo que viene es surreal, trágico, oscuro. Las fotos del avión destrozado, los comunicados oficiales de la aerolínea o del vicepresidente del club, la imagen desoladora y eterna de esos tres jugadores que por algún motivo no viajaron y que se enfrentarán, quizás para siempre, a la soledad del vestuario vacío, a las palabras que no dijeron a sus compañeros que viajaban a Colombia y no volverán.

Eran 81 pasajeros y murieron 75. Casi todos los jugadores, los delegados, utileros. Los que se salvaron vivirán para siempre con el nudo en la garganta, y algunos, como Jackson Follman, arquero suplente, tendrá en sus piernas amputadas un recuerdo ineludible. Imposible no hacer el paralelo con el accidente del Foker en 1987. Las palabras de Jaime Pulgar Vidal, historiador y periodista, en su Facebook son más coherentes que las de alguien que, como quien escribe este texto, no vivió el episodio: Aún no puedo creer lo que leo. No hay palabras para expresar lo que uno siente en estos momentos. Así desperté el 8 de diciembre de 1987”.

El gesto de grandeza del Atlético Nacional, que pide a la Conmebol otorgarle el título al modesto equipo brasileño, es conmovedor, al igual que las palabras de cientos de personas relacionadas al mundo del fútbol. Sin embargo, no tenemos que dejarnos llevar por las emociones, porque lo que sucedió aquí tiene que ser investigado.

A falta de razones claras, se habla de problemas eléctricos, de combustible, y otras causas que pudieron generar el accidente. Lo cierto es que Miguel Borja, jugador del Atlético Nacional, que iba a enfrentar al Chapecoense en Medellín, tiene otra versión. “Es el mismo avión [en el que hemos viajado], misma tripulación, el mismo capitán, en ese avión a veces tuvimos que parar a poner combustible, eso da para investigar”, señaló el futbolista colombiano. “Esto debe tocar a los directivos para que lleven a los jugadores en un avión más grande y con más seguridad”, continuó. “Es momento de que CONMEBOL y organizadores den más recursos a equipos para viajar con mayor seguridad”.

En efecto, parece tratarse de un avión que podría haber tenido defectos técnicos, por más que el director del aeropuerto haya dicho que el chequeo de rutina se hizo y no mostró ningún peligro. Lo cierto es que muy pocas veces estos accidentes carecen de responsables, y, por más que ya es tarde para más de setenta familias, el mundo exigirá justicia.

Mañana hubiera sido el día en el que los jugadores de Chapecoense harían historia: un equipo pequeño, modesto, desconocido, se haría popular en todo el mundo por jugar una final continental, contra uno de los grandes de Sudamérica. Mañana, en cambio, será el día en el que miles de personas sentirán el vacío, la soledad, la inmensa tristeza que nos embarga cuando perdemos a alguien. A nosotros, quienes de alguna forma vivimos del y para el fútbol, esto nos duele en el alma, porque ridiculiza la tristeza de una derrota y también la alegría de un triunfo. Nos hace sentir enanos.

La Copa Sudamericana ha quedado marcada para siempre. El fútbol de este lado del mundo, también. Ahora le queda al Chapecoense reconstruirse desde cero, reinventarse desde las cenizas. Quizás termine volviéndose un equipo más fuerte que nunca, lleno de mística y superación.

Lo que se viene, sin embargo, es un luto que durará mucho más que la alegría o la tristeza que se producen después de una final.