Lima , literatura , sexo Jueves, 3 noviembre 2016

PRIMICIA: Lee el adelanto exclusivo de la nueva novela erótica «La flor de la limeña» de Hernán Migoya

Nuestro más polémico colaborador y amigo incondicional, Hernán Migoya, presentará mañana, sábado 5 de noviembre, su novela erótica ‘La Flor de la limeña‘.

No sabemos si Migoya se calateará como es su costumbre, pero si quieren comprobarlo, vayan a las 7 la noche en el auditorio Ricardo Palma de la feria del mismo nombre (en el Parque Salazar de Miraflores, en Lima). Mientras tanto, aquí en Útero les presentamos un adelanto exclusivo de la novela editada por Planeta.

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Destrozado por el fracaso de una relación sentimental, un escritor llamado H abandona España y se instala en una Lima pre-Tinder. Desde su llegada, H utiliza las redes sociales para conocer y acostarse con decenas de limeñas. Compartimos con ustedes, queridos lectores, su –al parecer, infalible– método, tomado directamente de las páginas de la polémica novela.

***

«Hola, me llamo Alfredo…». Al principio había decidido llamarse Adolfo, pero tras pronunciarlo para sí un par de veces, le pareció un nombre excesivamente afectado. Alfredo daba más el tipo de persona masculina pero sensible.

«Hola, me llamo Alfredo y soy escritor…».

Aquí reflexionó un buen rato. ¿Añadía también director de cine? 

Sabía que la etiqueta guionista de cómic» no le decía nada a las chicas, así como explicitar «director de cine» era una llave segura, un talismán para la mayoría de ellas. Pero los directores de cine suelen ser conocidos y fáciles de rastrear, y él no tenía ganas de que le buscaran por internet a la primera de cambio: por eso se inscribía con un nombre falso, para empezar.

Decidió que de momento usaría la referencia «escritor» (se puede ser escritor de muchas cosas, no solamente de ficción, comporta un campo de competencia mucho más amplio y vago y por tanto seguro) y, si alguna chica en concreto le interesaba especialmente o no había obtenido una gran cosecha inicial con el mensaje que lanzara, incluiría entonces la especificación «y director de cine».

Hola, me llamo Alfredo y soy escritor. He venido a esta ciudad una temporada larga y me gustaría conocer personas nuevas e interesantes…». La fórmula le rechinaba a impostura de lo más necia, pero en otras ocasiones le había dado resultado, así que, ¿por qué cambiarla?

«Hola, me llamo Alfredo y soy escritor. He venido a esta ciudad una temporada larga y me gustaría conocer personas nuevas e interesantes. Las fotos de tu ficha me han fascinado y me ha gustado mucho comprobar que compartimos inquietudes y gustos similares…».

Todo resultaba muy relamido en conjunto, pero lo de la «fascinación» por las fotos personales solía funcionar, y era una expresión suficientemente rotunda y evocadora a la vez de una convincente connotación espiritual como para no tener que redundar o insistir en el tema físico: un tema que a muchas mujeres les despertaba repelús, pues la mayoría de chicos que buscaban amantes en ese tipo de páginas solo sabían hablar, al parecer, de la cuestión carnal. Lo importante para tentarlas era que pensaran que el magnetismo de los sentidos estaba garantizado, que ese elemento se daba por supuesto más allá de la inseguridad o recelo particulares de la destinataria, pero que también había algo más en juego: que sus físicos despertaban en él algo más que mera atracción física.

«Hola, me llamo Alfredo y soy escritor. He venido a esta ciudad una temporada larga y me gustaría conocer personas nuevas e interesantes. Las fotos de tu ficha me han fascinado y me ha gustado mucho comprobar que compartimos inquietudes y gustos similares. Me encantaría poder tener la oportunidad de contactarte y charlar contigo…».

Humildad y educación. Eso era lo principal al mover el primer peón. No asustarlas.

«Hola, me llamo Alfredo y soy escritor. He venido a esta ciudad una temporada larga y me gustaría conocer personas nuevas e interesantes. Las fotos de tu ficha me han fascinado y me ha gustado mucho comprobar que compartimos inquietudes y gustos similares. Me encantaría poder tener la oportunidad de contactarte y charlar contigo para conocernos mejor y, si te apetece algún día, quedar para…».

No, no. NO HACE FALTA. Todo llegará. 

Hola, me llamo Alfredo y soy escritor. He venido a esta ciudad una temporada larga y me gustaría conocer personas nuevas e interesantes. Las fotos de tu ficha me han fascinado y me ha gustado mucho comprobar que compartimos inquietudes y gustos similares.

Me encantaría poder tener la oportunidad de contactarte y charlar contigo para conocernos mejor. Dime si tienes…».

Dudó sobre la pertinencia de pedir ya, de buenas a primeras, una dirección de chat particular: eso solía irritar. «Otro que va a lo mismo…» era la reacción más común que podía generar, sobre todo con la abundancia de chateadores en busca de sexo por cam. Nos arriesgaremos, pensó.

«Hola, me llamo Alfredo y soy escritor. He venido a esta ciudad una temporada larga y me gustaría conocer personas nuevas e interesantes. Las fotos de tu ficha me han fascinado y me ha gustado mucho comprobar que compartimos inquietudes y gustos similares. Me encantaría poder tener la oportunidad de contactarte y charlar contigo para conocernos mejor. Dime si tienes dirección de Messenger y te agrego…».

Se guardó mucho, eso sí, de incluir la suya. Ya la daría si ellas le ofrecían la propia.

«Hola, me llamo Alfredo y soy escritor. He venido a esta ciudad una temporada larga y me gustaría conocer personas nuevas e interesantes. Las fotos de tu ficha me han fascinado y me ha gustado mucho comprobar que compartimos inquietudes y gustos similares. Me encantaría poder tener la oportunidad de contactarte y charlar contigo para conocernos mejor. Dime si tienes dirección de Messenger y te agrego. Un besito enorme».

Le gustaba el contraste transmitido por el diminutivo de «beso» junto al calificativo «enorme», debido al equilibrio que combinados establecían entre la respetuosa delicadeza que comunicaba el primero y la viril pasión del segundo.

Pero eso era quizá una sutileza que solo él apreciara. Cuando la confianza con su presa ya estaba concertada y reinaba la cordialidad, cambiaba la fórmula de despedida por: «Un besito
en tu sonrisa». 

Repasó la parrafada como si fuera un poema endecasílabo. Se ofreció a sí mismo los mayores parabienes y decidió que era hora de enviarlo.

Buscó el archivo con todas las fichas inscritas de féminas residentes en aquella ciudad, sin límite de edad a partir de los 18 años.

Durante las siguientes dos horas, revisó cada ficha una por una, mientras jugaba con su pene asomado a la portañuela del pijama, descartando las mujeres que no mostraban su rostro en las fotos de presentación y las que mostraban retratos de modelos
o actrices por enmascarar su fealdad.
Seleccionó exclusivamente aquellas que le parecieron atractivas, sin fijarse jamás en la enumeración de sus gustos ni inquietudes que flanqueaban sus imágenes, y les envió a todas el mismo mensaje de correo.

Más de ciento cincuenta chicas recibieron esa noche el mensaje de H. Ahora solo podía esperar.

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