noticias , sociedad Lunes, 15 agosto 2016

«El que triunfa, estudia»: Entrevista a Julio Hevia

Cuenta la leyenda que ‘Cucho’, un mozalbete del entrañable barrio de Pueblo Libre, guardó cada moneda de sus propinas durante varios meses en una lata vacía de leche en polvo. Cucho, ilusionado hasta más no poder, contaba los minutos hasta juntar lo suficiente para comprar una bicicleta nueva. Un amigo le había confesado en secreto que conocía un lugar mágico en donde las vendían a precios increíbles. «Ahorra un poco más, te falta muy poco», le decía cada vez que lo veía.

Cucho no tenía problema en imaginarse montándola, yendo por las trochas del parque, saludando a sus amigos con soberbia y felicidad. Desafortunadamente, al conseguir la cantidad necesaria y al entregarle la lata a su compañero para que vaya por ella, no lo vio más. Luego pudo enterarse que no fue el primero ni el único; aquel pillo que desapareciera con su preciado botín era conocido en otros barrios por lo mismo. «Plata en mano, chivato en pampa, hijo» le dijo su madre secando sus lágrimas. «Nunca vuelvas a entregar tu plata así». 

Esta historia es un clásico que recuerdo de mi infancia. Mi madre, en su profunda sabiduría, sabía advertirme de los males con relatos que, cargados de minuciosos detalles y desenlaces inesperados, me impactaban como ninguno. Los refranes, como en cualquier historia popular, no podían estar ausentes. ¿Existe acaso mejor conclusión que un buen refrán o una frase ingeniosa? ¿Es posible que alguien en este país haya crecido sin escuchar docenas de estos?  El más indicado para responder estas preguntas es Julio Hevia, quien acaba de publicar su quinto libro «Del dicho al hecho».

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Decir que cuatro años de trabajo dio fruto a un libro que recopila refranes y frases coloquiales peruanas sería un delito. Y una mentira. «Del dicho al hecho» es el escenario de una masacre, un frente de guerra en el que Julio, avezado y veterano, decide ponerle fin a las formas clásicas de estas líneas populares y las vuelve aun más reales y letales. «Perro que ladra, muerde», «los trapos sucios se lavan en la tele», «las apariencias no engañan», «el que triunfa, estudia» y «todo es según el color de la piel con que se mire» son sólo algunos ejemplos de las nuevas formas de los clásicos dichos que se pueden encontrar en esta publicación.

¿Qué buscas con este libro?

«En vez de hacer un estudio, tipo histórico o filológico, más bien coloqué las frases al servicio de lo que ocurre en el mundo. Como algunas funcionaban precisas tal cual son, las dejé. Pero esta idea me vino en el camino, yo no la tenía al principio. Tenía todas mis frases; las correctas y usuales. Pero después dije, «estoy diciendo exactamente lo inverso». Por ejemplo, la primera, que no se entiende bien, «para la ocasión pinta la calva», en verdad es una transformación de «la ocasión la pinta en calva». Yo dije, «esto no me dice nada», pero lo de la calva si me parece interesante porque el hombre contemporáneo, a diferencia de todos sus ancestros, anda preocupado por la calvicie y el encanecimiento. La he arrancado a hablar de esta vanidad masculina un poco con esta frase, que al final es cambiada».

¿Existe algún límite de tiempo? ¿Estamos hablado de refranes de los últimos cuarenta, cincuenta o sesenta años?

«En general, te confieso, no me hago esos acotamientos. Incluso en el libro de jergas, yo no he distinguido jergas de replana o replana de lenguaje coloquial y hay gente que me ha criticado por eso. Pero para mí es mucho más cómodo porque me muevo de aquí para allá. Y que no me digan que he prometido lo que no he prometido. ¿Distinción entre proverbio, refrán y dicho? Todo lo que he consultado es una pendejada. No sabes qué cosa es qué. Más o menos hay esta idea general de que el refrán tiene un asidero mas académico, más denso. Y los dichos aparecen en cualquier esquina, se lo inventa cualquier pata».

Hay un refrán que, pienso, es el peor de todos: «más vale malo conocido que bueno por conocer». Dice mucho de nuestra sociedad. ¿Qué tan antiguo es? ¿Hace cuánto pensamos así?

«Si tú indagas en algunos compendios, descubrirás que son más antiguas. Habla de la desconfianza de la gente, el tema de la comunidad cerrada, el pueblo chico. Y se ha ido trasladando en la medida que en contextos urbanos más amplios, la gente se ha vuelto más paranoica todavía. Entonces, chapan eso y le dan más intensidad. Porque así como ocurre lo que tú dices, también ocurre lo inverso. Las frases se comienzan a acomodar a sentidos que no tenían. Lo que nosotros llamamos «por las patas de los caballos» es, en España, «a los pies de los caballos». Esta frase se remonta hasta el medioevo. Parece que es producto de la traducción del inglés o del noruego. A los pies de los caballos quedaba cualquier caballero que, en un torneo, era derribado y quedaba, literalmente, a los pies de los caballos. A medio milímetro de la muerte. Nosotros lo hemos convertido en «por las patas de los caballos» para utilizarlo en cualquier otro sentido, alguien que queda atrás, que se rezaga, no es el que se cae o que esta a punto de cristalizar su derrota con la muerte».

¿Y «el abogado del diablo»?

«Ese sí lo he investigado bien. El abogado del diablo es el defensor en el Vaticano ante el tema de la canonización. Por ejemplo, presentan a Santa Rosa de Lima cien veces consecutivas y hay uno que se opone. Ese es el abogado del diablo. Su chamba es bajarle el valor a cualquier evidencia de pretendidos milagros o pretendidos méritos que haría un personaje que está siendo postulado para ser canonizado o santificado. Este personaje encarna el extremo de la negatividad y de la selectividad. Sirve para que renueven y argumenten cada vez mejor. El uso que le damos no es exactamente ése. Un abogado del diablo, para nosotros, es un porfiado de mierda. Es alguien que se pone en la postura adversa. Tal vez ahí se retiene algo del sentido original, pero se ha perdido el contexto formal, la lucha en contra de la evidencia. En toda mancha siempre hay uno que se pone en esa línea».

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Para Julio, la mayoría de frases adulteradas – o «burladas olímpicamente» como asegura- son las que mejor representan nuestra sociedad actual. Y es verdad. Ahora «hacemos el bien mirando a quién», debemos «ver, oír y gozar, si queremos al mundo callar«, «lo que mata, engorda», «al que la consigue lo persiguen» y «el ojo del diseñador adelgaza a la modelo». ¿Cómo negar que hemos horadado en lo más profundo de nuestros valores como ciudadanos? ¿Cómo negar ese traspaso de la sociedad del utilitarismo al hedonismo? Nuestra última esperanza -y recurso- para hacer una autocrítica será siempre el humor.

«El humor es la salida a todo y es algo característico nuestro. Pobre de aquel peruano que no tenga sentido del humor. Se equivocó de país. En ese sentido, hay una cuestión en común con México. En un análisis que hacía Carlos Monsiváis, decía que en un tristemente célebre incendio masivo que hubo en Puebla, en donde murieron centenares de personas, todos de sector popular, se intenta descifrar dónde es que nacen los chistes crueles sobre Puebla y el incendio. Aparentemente, hay estudios serios que indican que surgen entre los mismos sobrevivientes. Por ejemplo, luego de esta desgracia, que mata a miles, se comienza a bromear que «está prohibido los microondas en el pueblo». En realidades difíciles, el humor es un disolvente. Es el disolvente de la crisis y te da la ventaja de colocarte a distancia de tu propia condición de víctima. Porque si te empiezas a reír de tu desgracia, tu ya no eres la víctima que eras antes. Es una figura fina».

El libro “Del dicho al hecho. Vigencia y desgaste del saber proverbial” (Penguin Random House) se encuentra disponible en las librerías Libún, Ibero, Communitas, Época, Virrey (Miraflores) y SBS.

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