periodismo Martes, 6 enero 2015

Si te preguntas qué fue de Genaro Delgado Parker, Jaime Bayly te lo cuenta

Foto: Peru21

Esta foto es antigua (y no lo decimos por la custer que aún pasaba por la Arequipa) Foto: Peru21

Al parecer ayer esta columna pasó desapercibida ante tantas noticias. Se trata de Jaime Bayly contándonos, sin revelar su nombre pero dando muchas señas sobre su identidad, cómo está el viejo zar de las telecomunicaciones, Genaro DelgadoParker en estos días. En plena fiesta de año nuevo, esta es la breve crónica que nos demuestra realmente el peso del tiempo.

Aquí tres extractos del texto:

 

Una habilidad perdida

Estaba en silla de ruedas, una silla moderna que controlaba con facilidad, y, aunque había perdido las fuerzas para caminar, no le faltaba el ímpetu para imponer su carácter. Me saludó afectuosamente, le presenté a mi esposa, la trató con cariño, no hizo ninguna alusión a la novela malhadada, me conmovió verlo tan mayor y, sin embargo, tan lúcido, tan risueño, tan brillante como toda la vida. Le agradecí, le dije que siempre estaría en deuda con él, me quité el sombrero multicolor que me habían regalado al entrar en la fiesta y le di un beso en la mejilla como si fuera mi padre, el padre que yo había elegido, o como si fuera mi tío italiano, y yo, su sobrino no menos mafioso que lo admiraba profundamente.

 

Morir bailando

Volteé y lo que vi me pareció la imagen más tierna y conmovedora de cuantas presencié aquella noche: mi amigo, el magnate, ahora disminuido físicamente por el paso de los años, movía su silla de ruedas de un modo cadencioso, acompasado, mientras sonreía y miraba con ojos deslumbrados a su esposa hechicera, vestida de rojo, que se contoneaba frente a él, como si solo ellos estuvieran disfrutando de la canción, como si nadie los mirase. Pero todos miraban de soslayo a ese hombre mayor, canoso, sonriente, que tenía el carácter, las agallas, el espíritu joven para salir a bailar en silla de ruedas, qué carajos.

 

La justicia

(…) al final del año, de la noche, acaso de su vida, mi amigo no era ya el millonario, el dueño de grandes empresas, sino un viejito en silla de ruedas que parecía desmesuradamente feliz haciendo reír a unos niños que no conocían su leyenda y veían en él a un abuelito pícaro y revoltoso. No sé si volveré a verlo, soy un coleccionista de imágenes y elijo guardar y atesorar esa penúltima foto al paso de mi gran amigo, bailando en silla de ruedas Pedro Navaja, matón de esquina, quien a hierro mata a hierro termina.

 

Puedes leer toda la columna, publicada en Perú21, aquí.