cibercultura , corrupción , noticias , politica Domingo, 28 diciembre 2014

El grupo de WhatsApp que se tumbó a Orellana

La historia secreta detrás del caso que marcó el 2014. De cómo una aplicación para smartphones fue crucial para desencadenar la caída de la mafia más grande que ha operado en el Perú del siglo XXI.

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Algunos de las decenas de agraviados por Rodolfo Orellana muestran sus smartphones frente al búnker del empresario, en San Borja. Foto: Miguel Mejía (La República)

en alianza con La República

Recién bajado de la moto, El Justiciero Vengador no puede evitar la pulsión de echarle un vistazo a su celular.

– Nosotros, que somos viejos, les decíamos a nuestros hijos “oye, ya deja esa huevada” –se ríe, agitando el teléfono–. Ahora somos nosotros los que vivimos pegados a él.

El Justiciero Vengador es su nombre en redes sociales pero su verdadera identidad es Néstor Rodolfo “Fito” Sack. Es argentino, tiene como un aire a la Pepa Baldessari –o quizás a la imitación que hacía JB de él– y en estas semanas ha estado en el centro de la polémica. Luego abordaremos esa polémica pero, por lo pronto, lo importante es el motivo por el que vive pegado a su celular: “Agraviados Orellana”.

“Agraviados Orellana” es el nombre de un grupo en WhatsApp, el célebre sistema de mensajería instantánea que, entre otras cosas, permite que un mismo mensaje, imagen, audio o video le llegue a todos los integrantes de una lista cerrada. Este grupo, en particular, tiene más de cien participantes, incluidos varios periodistas.

Algunos de sus integrantes coinciden en un cálculo sorprendente: que de “Agraviados Orellana” salió el 90% de informaciones sobre la organización de Rodolfo Orellana Rengifo que usted ha visto publicadas en los medios. Esto se lee fácil pero fue, en realidad, una tarea titánica.

 

Contacto en Chincha

– Yo vivía tranquilo hasta que en el 2008 quise inscribir un terreno –recuerda Jorge Pazos Holder, ocultando su frondoso bigote durante un momento con la taza de café–.

No está diciendo toda la verdad. La vida de Pazos Holder nunca fue exactamente tranquila. Después de todo, es el dueño de Cicex, Cesca, Computronic y la Universidad Peruana de Ciencias e Informática. En el 2005, además, fue víctima de la ola de secuestros de esos días. Quizás por esto es que decidió no delegar el caso del terreno a empleados suyos y, en cambio, ir personalmente a Chincha, ese día del 2008.

La historia del terreno que Orellana le quitó a Pazos Holder es ya conocida: 223 hectáreas en Lurín valorizadas en 14 millones de dólares. Lo que no se sabía, hasta ahora, es que éste fue el inicio de todo.

Intentando averiguar quién había hecho la jugada registral que le quitó el terreno, Pazos Holder llegó hasta una modesta casa rumbo a El Carmen. Era la dirección de una de la personas involucradas en su despojo. Allí se encontró con una señora chinchana que no tenía la más mínima idea de lo que le estaba contando el empresario que le había tocado la puerta. Le habían falsificado la firma. ¿Pero quién?

Resulta que, tiempo atrás, la señora había tenido un problema con el terreno de su casita. Quería sanear el caso y vio en el periódico el anuncio de una abogada que ofrecía arreglar todo tipo de problemas en Registros Públicos. Se llamaba Ludith Orellana.

– Allí empezamos a jalar el hilo de la madeja –dice Pazos Holder–, pero no teníamos idea de todo el iceberg que estaba debajo. Es que tú no me vas a creer, viejo.

Lo que sigue a continuación es, efectivamente, inverosímil. Casi de inmediato empezaron a aparecer, de la nada, denuncias en su contra por delitos como narcotráfico y lavado de activos. Lo más impresionante es que muchas de ellas –llegaron al centenar– venían de personas registradas como desaparecidas o, incluso, difuntas.

Pazos Holder tuvo que armar un equipo con abogados y policías de franco, que lo ayuden a identificar a los enemigos. Entonces se topó con una increíble red que incluía fiscales, jueces, policías, alcaldes, funcionarios de las más diversas organizaciones gubernamentales y, por supuesto, congresistas.

Dos años después, a inicios del 2010, ya tenía mapeada toda la organización. Pero hasta este momento se trataba de un enfrentamiento subterráneo. Entonces, en enero de ese año, una asociación con el desfachatado nombre de Unidos Contra el Narcotráfico y Lavado de Activos (UCONA), publicó en El Comercio un aviso a toda página contra Pazos. Firmaba: Heriberto Benítez.

Fue entonces que Pazos Holder recibió la primera llamada de El Justiciero Vengador.

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Una de las tantas publicaciones de Juez Justo contra Pazos, Paredes y Sack.

 

Camal de honras

La trágica historia de Giovanni Paredes es de dominio público. En 1998 su madre y su hermana fueron asesinadas en un atentado del que se salvó por quedarse a cuidar a su perrita boxer. Tenía 15 años y se convirtió en el dueño del Camal de Yerbateros. Dos de sus medios hermanos fueron encontrados culpables de haber contratado a Los Injertos del Fundo Oquendo para la emboscada.

En el 2009, la disputa por el camal volvió a agravarse. Esta vez, Giovanni se enfrentaba a otra media hermana, Blanca. Terminó siete meses preso en San Jorge, acusado de un fraude que –se demostró– nunca existió. Para colmo, un programa de radio llamado Juez Justo había asumido como suya la causa de Blanca y estaba en campaña. Giovanni no entendía por qué. Hasta que El Justiciero Vengador le pidió una cita.

– Has fumado de la mala, argentino –respondió Giovanni cuando Sack le explicó que el verdadero responsable de sus recientes desgracias era un desconocido llamado Rodolfo Orellana. Pero, finalmente, se convenció.

Era mediados de 2010. Para entonces Sack ya se había contactado con Pazos Holder gracias al aviso de Heriberto Benítez. Orellana le había arrebatado un terreno de 10 mil metros cuadrados en Chaclacayo. Cuando vio el aviso de Benítez contra Pazos, Sack comprendió que no estaba solo y buscó al empresario.

Juntos se dieron cuenta de que no eran los únicos despojados. Decidieron contactar otros.

– Hice la de Mao –explica Sack sonriendo–. ¿Qué hizo Mao? Fue armando un ejército con todos los agraviados a los que el Emperador les había quitado sus tierras.

Irónicamente, fue Juez Justo, el brazo mediático de Orellana, quien les marcó el derrotero. Juez Justo fue, primero, un pasquín, y luego una revista, un programa de radio y uno de televisión. Era cuestión, simplemente, de monitorear a quiénes atacaban y difamaban. Después, había que buscarlos y explicarles que el cerebro detrás de sus líos era este señor llamado Orellana. Un trabajo de hormiga.

Fue en esos afanes que Sack conoció a la exprocuradora Vilcatoma y también a Aurelio Pastor, a quienes se le ha vinculado en esta semana. Pero lo cierto es que El Justiciero Vengador, como empezó a hacerse llamar por esas fechas, le tocó las puertas a todo el mundo.

– Fito tenía la iniciativa y Pazos, la economía –dice uno de los agraviados reclutados por entonces.

Hacia el 2012 la guerra era total. Giovanni había alquilado una oficina en Jesús María para armar reuniones de las víctimas. Gracias a Juez Justo, terminaron ubicando a una treintena de grupos afectados: desde el Scotiabank –defendido por Jose Ugaz– hasta el sindicato de extrabajadores de la Compañía Peruana de Teléfonos; desde dirigentes de Alianza Lima y empresarios de Gamarra hasta la Fundación por los Niños del Perú.

Sin embargo, el tema continuaba fuera del interés de la agenda nacional, a pesar de algunos reportajes en Caretas y Panorama. Además, el cruce de información era engorroso y las coordinaciones dentro de un grupo tan diverso eran casi imposibles. Algunos transaron con Orellana. Cundía el desánimo.

Entonces Giovanni Paredes tuvo una idea.

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Grupo de terapia

Por estos días, el promedio de mensajes diarios en “Agraviados Orellana” no baja de 300. Y eso que se trata de temporada baja. Resulta imposible calcular cuántos mensajes circularon en los momentos cumbres del caso. Por allí circulan partidas registrales, fichas de Reniec, fotografías privadas bajadas de Facebook, organigramas, audios, videos, de todo. Además, todas las mañanas se envían links a las principales noticias sobre el caso publicadas en los diarios.

La cantidad de datos que circulan es sencillamente delirante. Todos colaboran, con la esperanza de que alguien, por ahí, ate cabos. Por ejemplo, alguien dice que existe la sospecha de que Fulano es testaferro de Orellana en mi caso, aquí va su foto, ¿lo reconocen? Sí, dice otro, es hermano de uno que me quitó el terreno a mí. Y un tercero replica, claro, esos hermanos tienen esta empresa, aquí les mando su partida registral. Bingo: ya tienen otro tentáculo de Orellana mapeado.

– La capacidad de procesamiento de información es brutal –dice Giovanni Paredes, creador del grupo.

Como joven empresario, Paredes tenía años manejando sus empresas usando grupos en BBM (la mensajería de Blackberry). Llegó un punto en que se hartó de la descoordinación entre los distintos agraviados y, en mayo de este año, creó el grupo en WhatsApp, inicialmente, para juntar a los abogados de todos.

– Pero al final terminé juntando perro, pericote y gato –explica–. O sea, agraviado, abogado y periodista.

Para desesperación de los periodistas agregados, aquí no existía exclusividad. El que ataba los cabos primero, ganaba. No era moco de pavo: la información circula cruda, casi siempre sin contexto. Muchas veces el dato sólo es relevante para un agraviado. Otras veces, se trata, por ejemplo, la prueba del vínculo con el entorno de López Meneses. Ya dependía de la capacidad de cada uno para armar una historia. Los periodistas, así, también contribuyen a procesar la data.

Consultados los principales investigadores del caso, algunos colegas confesaron haberse salido del grupo o haberlo puesto en silencio, debido al bombardeo incesante de información –hasta de madrugada– en sus teléfonos.

Es más fácil nombrar los casos que no salieron del grupo, que al revés. Los dos ejemplos más saltantes: el “secuestro” de los 316 kilos de oro, por parte de Benedicto Jimenez, y el caso de las cartas fianzas de Coopex en Agua Para Todos y los Colegios Emblemáticos, durante el gobierno aprista. Ambos casos sorprendieron genuinamente al grupo.

– ¿Infiltrados? Seguro hay –dice Pazos Holder, que recuerda que el vocero de Orellana, Carlos Camacho, estuvo alguna vez en el grupo–. Pero si hay algo confidencial que decir, no lo digo allí.

Pero el grupo no es simplemente una supercomputadora de mentes humanas, no es solo un gran cerebro virtual. También es un corazón.

– La gente que está afuera del grupo no entiende la magnitud de lo que hemos pasado, de lo que estamos pasando –dice uno de los agraviados–. Aquí te sientes identificado, sabes que la gente que te está escuchando te comprende de verdad.

Cuando alguien del grupo va a aparecer, por ejemplo, en televisión, pasa la voz. Los demás responden con voces de aliento y apoyo. “Buena”, “dale duro”, “sigue luchando”, etcétera. Y es que la lucha del grupo no ha terminado. “Lo fácil ya lo hicimos, lo difícil lo estamos haciendo”, dijo un mensaje hace unos días. Varios respondieron con emoticones manfiestando su acuerdo.

Todos, absolutamente todos los agraviados consultados para esta nota, al momento de referirse al grupo, usaron alguna variación de “descubrí que no estaba solo”.

– Es casi terapéutico –dice otro agraviado–. Si podemos decir que este desgraciado de Orellana trajo algo positivo, es que se ha formado como una familia.

El celular vibra. Acaba de llegar un mensaje de El Justiciero Vengador al grupo: “Que esta Noche Buena los sorprenda rodeados de sus seres amados. GRACIAS por formar parte de esta Gran Familia de Wuasap”.

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