sociedad Domingo, 11 mayo 2014

El día que me enteré que sería madre, no puedo decir que fue el día más feliz de mi vida.

embararazada

Ser mamá

escribe Jeanette López

El día que me enteré que sería madre, no puedo decir que fue el día más feliz de mi vida. Apenas había cumplido 21 años, trabajaba en un canal de televisión ganando poco más que un sueldo mínimo, tenía mil sueños y proyectos; entre ellos, ni por asomo estaba el ser madre.

Me recuerdo un día de marzo, asustada y con incertidumbre en el baño, orinando para hacerme la prueba. No soy la persona más creyente del mundo, pero le rogaba a Dios que salga negativa. Estaba encerrada en el baño de la casa del futuro padre, con quien en ese momento no tenía nada, pues habíamos terminado nuestra algo tormentosa relación hace más de un mes y desde entonces casi no hablábamos. Hasta que la ausencia de la regla me obligó a volver a contactarlo.

Tras pasar los tres minutos más largos de mi vida, sentí como el mundo se abría bajo mis pies, me puse débil, a punto del desmayo. Las dos líneas que anunciaban la llegada de un nuevo ser aparecieron. Y yo solo pensaba en todas las personas a las que iba a decepcionar.

No sabía cómo reaccionar, ni que pensar. Por un instante pasó por mi mente la idea del aborto, pero luego de unos minutos, de entrar en razón, vi que esa era la manera más fácil de salir del ‘problema’. Yo era más valiente que eso y ese pequeño que estaba en mi vientre (siempre sentí que sería hombre) merecía la oportunidad.

Yo, una joven fuerte y peladora como soy, podía darle ese chance. El papá de mi hijo fue fundamental, me dio el apoyo más que necesario para arriesgarme a esta aventura.

Fueron meses jodidos y no necesariamente por los malestares del embarazo, pues mi mayor molestia fue el sueño. Tenía un problema mayor y era el dinero. En esa época no tenia seguro, no estaba en planilla, como ya dije mi sueldo era bien chiquito, sin embargo no es mentira ni cliché eso de que un hijo te da fuerzas para continuar. Ahorré como la mujer más tacaña del mundo, no me compraba ni un caramelo, mis amigos me ayudaron con las cosas básicas para el bebé (benditos sean los Baby Shower), junté dinero para la clínica e incluso para la inicial de mi departamento. Obviamente no lo hice sola, pero debo reconocer que toda esa fuerza y empuje salía de mí, era la energía que me daba mi pequeño.

Cada vez que lo sentía patear en mi vientre me emocionaba, cada hipo, cada acomodada me daban la alegría más increíble de este mundo. Sus pies estaba cerca a mis costillas, me encantaba acariciarlos y sentía como él se relajaba dentro de mi barriga, él sentía mi amor. A pesar de los apuros económicos mi embarazo fue una de las etapas más felices de mi vida. Hoy no puedo creer que ya pasaron más de cuatro años desde ese día y menos puedo entender como ese pequeño, me cambio el mundo por completo y para bien. Cada vez que siento que no puedo más y ya no quiero continuar, él siempre está ahí, con una sonrisa y con su amor incondicional.

Cada travesura, cada juego, cada caricia e incluso cada pataleta me hacen sentir lo afortunada que soy de tenerlo. Siempre alegre de verme y con su gran amor infinito, estoy completamente segura que no soy la mejor mamá del mundo, pero lo amo y él lo sabe. Él me hace la mujer más feliz del mundo, porque no hay nada mejor que darlo todo por el ser amado. Ese niño es el hombre de mi vida. Sé que cuando crezca se irá con otra y tal vez me rompa el corazón, pero mientras tanto aprovecho y lo besuqueo a mi antojo porque es solo para mí.

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