tv Miércoles, 27 marzo 2013

House of Cards, el vaso medio lleno

No puede ser que usted, sofisticado lector de La República, todavía no esté viendo House of Cards, una serie protagonizada por Kevin Spacey, dirigida por David Fincher y ambientada en los más corruptos pasillos de Washington D.C.

El problema está en intentar expandir la definición. Es una serie de ¿televisión? No ha sido lanzada por ningún canal, sino que únicamente se puede ver en Netflix, un servicio de streaming de series y películas. Algunos, incluso, cuestionan que se le pueda llamar “serie”. Después de todo, sus 13 episodios fueron lanzados al mismo tiempo y usted los puede ver cuando y como le dé la gana en vez de esperar una semana al siguiente episodio.

Usted podría intentar comprar la serie en Polvos Azules (me dicen que ya la tienen) pero, la verdad, no sería una buena movida. Solo entre movilizarse hasta allá y comprar los DVDs, usted gastaría mucho más que los 8 dólares que cuesta la suscripción mensual a todo el servicio de Netflix (que incluye un catálogo de miles de títulos listos para verse en HD, si usted cuenta con una conexión lo suficientemente buena).

Netflix es un modelo exitoso porque, como Amazon o iTunes, su algoritmo aprende a “reconocer” los gustos de sus usuarios. Si usted vio Mad Men probablemente le guste Twin Peaks; si usted vio Almost Famous quizás debería intentar con Get Him To The Greek; etc. Y va aprendiendo, conforme elige unos títulos y descarta otros, cómo es usted. Una vez me recomendó, en serio, esta categoría de películas: “Dramas de luchas contra el sistema basados en hechos de la vida real”. Imagino que era la forma de Netflix de decirme caviar.

Esta es una ventaja exclusiva de los servicios online: no solo cubren la demanda por lo mainstream, sino también satisfacen a los cientos de nichos de audiencia que los medios masivos no podrían.

Netflix tiene 60 millones de suscriptores en todo el mundo y, de esta forma, tiene otra ventaja también exclusiva de los medios virtuales: lo sabe absolutamente todo de su público. Sabe exactamente cuánta gente ve qué película, en qué momento de ésta se aburre, qué escena elige ver de nuevo, cuántos la vieron por su protagonista y cuántos por su director. ¿Privacidad? Ya pues.

Por ejemplo, según un informe del New York Times, sus ejecutivos sabían que las obras de David Fincher eran vistas de principio a fin, que a las películas con Kevin Spacey les iba muy bien y que una serie británica llamada “House of Cards” también había funcionado. Listo. No había más que decir. La versión gringa, una serie que solo se puede ver por Internet, costó 100 millones de dólares.

La apuesta fue alta y, según Netflix, ha funcionado. No han soltado los números pero la empresa de streaming online ya ha anunciado dos series más: “Hemlock Grove”, de terror, y la cuarta temporada de “Arrested Development”, una comedia de culto que salió del aire por baja sintonía pero que calza perfectamente en Netflix, que no entra a la medición de ratings y que está diseñado, precisamente, para los cultos de fans.

¿Suena a que es el futuro de la televisión, no? La próxima semana: el vaso medio vacío.

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