internacionales , noticias , politica Miércoles, 7 diciembre 2011

Camila Vallejo se va volando

Por sólo 198 votos, la lideresa estudiantil chilena, Camila Vallejo perdió su reelección como presidenta de la Fech (Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile). El gobierno chileno celebra (pero no debería, el nuevo ganador es también de izquierda y algunos dicen que más ultra).

A manera de despedida, este descorazonado fan les deja un perfil que escribí para la revista Cosas Hombre, que dirige Fernando Ampuero, sobre la sex symbol comunista:

El nuevo rostro de la protesta juvenil latinoamericana tiene ojos verdes y piercing; se parece a Kirsten Dunst, y nos odiaría por presentarla así. Pero, mal que le pese, Camila Antonia Amaranta Vallejo Dowling es una paradoja: una sex symbol comunista. ¿Quién es la chica de 23 años que nunca sonríe y que ha puesto en jaque al gobierno de Piñera?

Su tercer nombre, Amaranta, remite inevitablemente a Cien Años de Soledad. Y su fenómeno, lo que ella provoca, también, pero a otro personaje: Remedios la Bella. En cada presentación televisiva, en cada mítin, en cada marcha, uno casi esperaría que, de pronto, Camila Remedios se eleve por los aires en medio del fervor desaforado de sus fans.

—Una cara bonita no saca 500 mil personas a la calle —ha dicho ella, muy seria, como siempre.

Pero sí las saca. No una, sino media docena de veces. La primera movilización estudiantil, en mayo, convocó a 15 mil personas. Desde entonces, conforme fue creciendo su popularidad, se han sucedido ya varias marchas, cacerolazos y paros, cada uno más grande que el anterior, con cientos de miles de personas uniéndose a las protestas.

En agosto, una marcha en el Parque O’Higgins sacó a las calles a un millón de personas, la manifestación más grande desde el golpe de Estado en 1973.

Camila es un fenómeno del siglo XXI. Hizo campaña en YouTube, tiene un blog llamado Camila Presidenta, cientos de páginas de fans en Facebook y una cuenta en Twitter con más de 300 mil seguidores. Pero las redes sociales también sirvieron para que sus detractores divulguen la dirección de su casa y su número de teléfono.

—Si le pasa algo a Camila, el responsable es el gobierno. Es una política de Estado de amedrentamiento —respondió Raimundo Vallejo, padre de la dirigente, ex actor de telenovelas y militante del Partido Comunista durante los 70.

LA ASUNCIÓN DE CAMILA

Camila nació en 1988, el año en que Pinochet perdió el plebiscito que lo sacó del poder. Nunca vivió la dictadura, pero heredó la admiración por Allende y la militancia comunista de sus padres, ambos férreos opositores del régimen militar. La madre de Camila, Mariela, es cartógrafa y de ella heredó su pasión por la geografía.

Porque no, a pesar de las apariencias, Camila no estudió ninguna carrera glamorosa o politizada. Estudió Geografía en la Universidad de Chile. Sólo le falta terminar su tesis, titulada “La Construcción Social de Riesgo en Territorios Vulnerables”, un estudio sobre el efecto que tuvo el último terremoto en la región del Biobío.

Cuando era adolescente, Camila no quería ser una geógrafa comunista, sino más bien, una artista anarquista. En el colegio leía a Mikhail Bakunin y participaba en un grupo de lectura de jóvenes anarquistas. Escuchaba a David Bowie, le gustaba la pintura del simbolista Gustav Klimt y quiso estudiar diseño teatral. Pero todo eso fue cambiando poco a poco.

Finalmente se decidió por la geografía y, cuando cursaba el segundo año en la universidad, se inscribió en las Juventudes Comunistas.

El año pasado, Camila empezó su ascenso. Un video en YouTube con fondo de Revolution, de los Beatles, la lanzó a la FECH, la Federación de Estudiantes de Chile. Su propuesta, ya desde entonces, era mejorar las condiciones de la educación superior de su país.

Ya en ese video destacaba el estilo de la entonces candidata: seco, directo, adusto, sin la sonrisa fácil de quien lo hace todo por un voto ni mayores concesiones a la moda, salvo ese pequeño piercing de plata.

Por supuesto, ganó.

No era una improvisada. Viejos comunistas la estuvieron preparando. Ensayaba respuestas todos los días en la casa de uno de sus compañeros de lista. El más entusiasta de sus entrenadores era Julio Sarmiento, que entonces era el presidente de la FECH.

—¿Eres el pololo de Camila? —le preguntó un impertinente reportero hace poco.
—No tengo opinión al respecto —dijo Julio, dio media vuelta y se fue.

Camila y Julio tienen una de esas relaciones que van y vienen. Cuando empezó la popularidad de Camila ella aseguraba que no tenía tiempo para “pololear”, es decir, andar de enamorada. Pero hace unas semanas, en entrevista con la periodista peruana Maribel Toledo, confesó entre —insólitas— sonrisas que sí tenía novio.

Julio es cubano, también es comunista y estudia medicina. El Che, que también era médico, es su inspiración (acudió a sus funerales, en 1997). Julio vivió hasta los 18 en Cuba, pero entonces se fue a Chile a estudiar y no regresó. Ha hecho toda una carrera en la política estudiantil chilena. Sus fans, que también tiene, dicen que se parece al tenista Roger Federer. Casi nunca se deja ver cerca de su sucesora y novia. Ellos han resistido todos los intentos por farandulizar la imagen de Camila. No siempre lo han conseguido.

“CAMILA NO QUISO MOVER LA COLITA”

Ese fue el titular de portada de Las Últimas Noticias, un diario popular de derecha, al día siguiente de la manifestación del millón de personas. El tabloide prefirió ignorar a las masas y concentrarse en los jeans ajustados de Camila y los piropos que recibió: “mijita rica”, “mina” y “tai más güena que el pan con pebre”.

Organizaciones feministas y estudiantiles protestaron contra el diario y se armó todo un bochinche alrededor de la portada, acusando a los medios de derecha de tratar de aprovechar la belleza de Camila para transformarla en “una modelito de discotheque”.

No fue la primera vez. Algunos miembros de la farándula chilena han tratado de ganar titulares criticando a Camila, sin obtener respuesta. El que sí recibió toda su atención fue Residente, el cantante de Calle 13.

—¿Estás soltero? —fue lo primero que le preguntó cuando se conocieron.

Probablemente esa haya sido la única broma en la vida pública de Camila Vallejo. El cantante puertorriqueño había ido a un evento en la Universidad de Chile para presentar su apoyo al movimiento. Estaban en el estrado y ella pidió la palabra para “hacerle una pregunta”. Luego de la broma, por supuesto, recuperó la gravedad de siempre para lanzar un mensaje político.

El argentino Kevin Johansen, también de paso por Chile, reclamó por Twitter: “Ya te dije, Residente, que Camila Vallejo es mia! Las cumbieras intelectuales me entienden”. Un par de semanas después, el vocalista de la banda escocesa Franz Ferdinand no pudo más y simplemente tuiteó: “Camila Vallejo. I have a crush”.

No sólo los famosos la piropean. Cientos de fanáticos le cantan en YouTube coplas como “Camila, por tu cuerpo caliente / Yo me rindo si fuera presidente”. Otro video muestra, en una opaca taberna alemana, a un barbudo cantante de folk que le dedica su show. Polos, afiches, pins, el fenómeno Camila es imparable, casi una Che Guevara. Un fanático no tuvo mejor idea que tatuársela en el brazo… derecho.



“SE MATA LA PERRA Y SE ACABA LA LEVA”

Esa fue una frase de Pinochet refiriéndose a Allende durante el golpe. Y también fue el tuit de una funcionaria del gobierno de Piñera, refiriéndose a Camila. La funcionaria fue despedida, pero la contraofensiva no se ha detenido. Nuestra heroína tiene, como no podía ser de otra manera, miles de detractores.

Publican su domicilio y número de celular en las redes sociales. Fotoshopean su rostro sobre imágenes pornográficas. La acusan de cobrar por entrevista. Denuncian desfalcos en la federación estudiantil. Infiltran las marchas con sujetos que se cubren el rostro mientras atacan salvajemente a los carabineros. Han detenido a cientos de estudiantes. Le lanzaron lacrimógenas al cuerpo (escapó de su impacto pero no de la reacción alérgica, que la hinchó como un globo). La acusan de haber paralizado el país, de estar buscando una carrera política, de imponer una agenda comunista. Hasta la acusan —esto sí que es desesperado— de fea.

Camila Remedios lo observa todo sin sonreir, responde con alguna frase seca, cargada de razón, y se eleva por encima de sus destractores, flotando entre parcantas aleteantes que se van con ella por los altos aires donde no pueden alcanzarla las pequeñeces de los mortales.