cibercultura , periodismo , redes sociales Viernes, 24 junio 2011

Rosa María Palacios sobre Twitter

Hoy nuestra bloguera invitada es Rosa María Palacios.

Rosa María está a punto de alcanzar los 70 mil seguidores en Twitter y es la periodista política más seguida en las redes sociales.

Los periodistas tenemos una relación agridulce con Twitter, pero la de Rosa María, que expone su chamba ante millones de personas cada noche, lo es mucho más. Ella ha tenido la generosidad de regalarme este texto sobre una visión muy honesta –candid, dirían los gringos- de Twitter, los tuiteros, los trolls, los nativos digitales, el medio, el mensaje y, claro, del periodismo, que en el fondo de eso se tratan estas líneas. Disfruten.

(Con) Viviendo en Twitter

Hace más de un año mi amigo Marco Sifuentes me convenció de tener una cuenta en Twitter. Yo lo seguía en su blog “Utero de Marita” hasta que, un buen día, nos anunció que dejaba la crónica diaria para dedicarse a atender sus cuentas de Facebook y de Twitter. Fue la primera vez que escuché la palabra y no le encontré mucho sentido al sistema de comunicación. La verdad es que estaba más apenada por el abandono a sus lectores que por el nuevo sistema del que me hablaba. ¿Frases de 140 caracteres? ¿Seguidores (“followers”)? ¿Para qué quiero, voluntariamente, que alguien me siga? ¿A dónde me va seguir?  Eso parece un monumento al matrimonio entre el exhibicionismo personal y el voyeurismo, pensé. Al Facebook nunca había entrado y, probablemente nunca entraré. Soy una persona con una vida pública y una vida privada y he tratado, en lo posible, que estas no se invadan mutuamente. Finalmente, me parecía que para transmitir un contenido informativo ya tenía acceso suficiente a medios masivos. ¿Para qué perder el tiempo?

Meses después me despertó la alerta de tsunami a raíz del terremoto de Chile de febrero del 2010. Me encontraba durmiendo frente al mar, con la casa llena de niños y jóvenes. Gracias a que entraron a mi cuarto y me sacaron, literalmente, de la cama y a que, finalmente, no pasó nada en nuestra costa, evacuamos al cerro más cercano. Trabajo en televisión pero no veo CNN a las 3.30 am. ¿Por qué nadie me aviso? ¿Cómo se enteraron los demás? Ahí descubrí la inmediatez del Twitter.

Con la asesoría de Marco y José Alejandro Godoy y la ayuda práctica de una de mis hijas abrí una cuenta. “¿Quién me va a escribir?” pregunté. “Tu espera nomás”, me advirtieron. Debes seguir a algunas personas, tratar de poner mensajes de interés todos los días y, en lo posible, contestar a los que te piden respuesta. Eso fue todo.

Seguí a muy pocas personas. Periodistas y portales de noticias para recibir titulares al instante e información relacionada con el trabajo. Algunos, pocos, amigos (reales) y punto. No he cambiado mucho esa práctica. Eso me permite recibir una cantidad manejable de información. Sin embargo, con el paso de los meses y a raíz de la campaña electoral municipal y, luego, con las elecciones generales del 2011, el ingreso de comentarios fue explosivo. En el Twitter no sólo tú sigues a alguien cuyos contenidos son de tu interés, sino que alguien te sigue a ti. Hoy, con más de 68,000 seguidores es  imposible poder contestarles a todos.

Por lo general, coloco los titulares del programa Prensa Libre que se emite en vivo de lunes a viernes, a las 11.00 pm, un par de horas antes. Son un breve resumen de los reportajes que vendrán y el anunció de la entrevista en vivo. En las mañanas, cuando tengo tiempo en Radio Capital, hago lo mismo, con la diferencia de que ahí tengo una computadora que me permite ir leyendo los comentarios que entran (lo que, obviamente, no puedo hacer en la televisión).

Cuando tengo un pedido urgente como puede ser conseguir un donante de sangre, un medicamento raro o encontrar a una persona perdida, “retwitteo” el mensaje; es decir, se lo mando a los 68,000 seguidores que me siguen. De esa forma puedes crear rápidamente una cadena de ayuda. Como es obvio, el mecanismo es muy útil para emergencias de todo tipo, ya sea un terremoto, una alerta de lluvia,  el desarrollo de un asalto con rehenes o un tremendo atracón de tráfico. Sirve también para las buenas noticias, como la del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas LLosa

Trato de responder, en la medida de lo posible, con respuestas (tweets) generales. Como indiqué, tienen no más de 140 caracteres, así que la precisión es importante.  Es útil cuando mucha gente hace la misma pregunta, pide la misma información o solicita una opinión.  Pero muchas veces debo responder uno por uno.

Me imagino que para un adolescente ser tratado de señor y de usted debe ser un tanto extraño. En las redes no sabes la edad de tus interlocutores. No tienes más datos que lo que han escrito. Yo asumo que todos son adultos interesados en asuntos públicos; sin embargo, he notado que la mayoría de veces se trata de personas muy jóvenes, con poca experiencia y grandes opiniones. La horizontalidad en el trato tiene sus pros y sus contras. Hay más libertad, pero menos respeto por el otro. Además, en mi caso, mis interlocutores tienen la ventaja de juzgarme por mi trabajo o por lo que creen que es, o debería ser, éste y, a veces, hasta por una vida privada que no conocen. Yo no tengo en casi la mayoría de los casos más información que la que proporciona el perfil de quien me escribe. Es decir, poco menos que nada.

Durante la campaña el ingreso de tweets se volvió casi inmanejable. Decidí leerlos, pero no contestar todos. Sólo la lectura me demandaba una o dos horas de trabajo, generalmente entre las 12.30 y 2.30 a.m. que es el tiempo que uso para quedarme dormida. Es imposible estar expuesta a las luces de un set de televisión y pretender irse a dormir apenas termina el programa. El cuerpo tiene que habituarse nuevamente a la noche y eso demora un poco. Una vez que lo aceptas puedes trabajar en el enloquecido horario que tengo y levantarte a las 10.00 am sin cargo de conciencia.

En mi experiencia diría que sólo un porcentaje muy pequeño de “twitteros” participa activamente en el Twitter. Para la inmensa mayoría es un mecanismo para obtener información, pero no para compartirla. Sin embargo la minoría que sí participa suele ser apasionadamente activa.

He encontrado buena información, ingenio, cultura, datos (muy buenos) y testimonios de primera mano sobre asuntos públicos. En algunos momentos han sido claves para encontrar pistas o testigos en una investigación. También hay una enorme solidaridad. Hay muchas causas que se promocionan, supongo con éxito, por esta vía. Es además una fuente extraordinaria de humor. Algunos te hacen reír y mucho. Es, del mismo modo, una fuente de cariño y un termómetro del estado emocional de un grupo poblacional muy especial: jóvenes, la mayoría solteros, con educación superior, acceso a Internet y necesidades de atención y participación pública. En general, el ego lo tienen grande pero sospecho que en la vida real son bastante más inseguros y tímidos de lo que aparentan ser en el Twitter. Supongo, no lo sé bien, que algunos tienen una vida paralela en estos medios. Una forma de parque de diversiones virtual donde, como dice la vieja canción, “la pinta es lo de menos” y la capacidad verbal lo que distingue y da prestigio.

La concisión del mensaje obliga a la exactitud, a prescindir de lo irrelevante y a usar el idioma con ingenio. Hay “twitteros” famosos por su capacidad de voltear las palabras de un político y convertirlas en frases de humor negro. Hay otros que pueden dar breves opiniones pero muy relevantes casi sobre cualquier cosa. Y si necesitas casi cualquier dato, habrá alguien que te lo de. Desde una tabla de mareas hasta el estado del tráfico en la carretera.  El uso de un celular con internet te facilita conectarte desde cualquier lugar. Incluso mandar fotos o videos de manera instantánea, aunque yo, todavía, no aprendo a hacerlo. Así nos pasa a los que no somos nativos digitales. Este medio resulta extraordinario para transmitir noticias al instante desde cualquier lugar del planeta y facilita mucho el trabajo periodístico.

Sin embargo, lo que caracteriza al Twitter, como a la radio, es la inmediatez. Sus usuarios quieren todo aquí y ahora. Y la ausencia de satisfacción instantánea suele ser duramente atacada. Son, como he dicho, en su mayoría jóvenes y la paciencia no es su fuerte. La inmediatez tiene también sus costos en calidad de la información, verificación y contraste de las fuentes. Por eso, hay que tener enorme cuidado al retransmitir un mensaje.

Hay también, entre los que participan, una tendencia a dar órdenes y asumir “el control”.  “Lo que tienes que hacer es un informe sobre …” o “debes entrevistar a ….”. Lo curioso es que no se trata de simples pedidos o sugerencias. Estos además vienen acompañados de curiosos retos descalificantes  como “seguro usted no se atreve a entrevistar a……” o “usted nunca haría un reportaje sobre…..”. Es gracioso contestar que lo que sugieren ya se hizo, muchas veces la noche anterior. Mi respuesta es casi siempre la misma: “es una lástima que no vea el programa”.

En este proceso de horizontalidad asimétrica (yo no conozco a la persona que me escribe) se producen fenómenos interesantes. Muchos de los que se dirigen a mi “me conocen”. Es decir, nunca en mi vida he tenido un contacto personal con estos “twitteros” pero ellos han creado en su propia fantasía un personaje que corresponde a la percepción (y prejuicios) que tienen de mí. Ese personaje poco o nada tiene que ver conmigo en la realidad o, por lo menos, yo no me reconozco en él, pero sus interlocutores se sienten con la absoluta libertad de decirle todo el tiempo cómo debe hacer su trabajo y advertirme, como profetas, qué es lo que yo pensaré, sentiré u opinaré de cualquier tema sobre el cual no he dicho nada aún. ¿Ejemplos? “No sabes entrevistar”, “deberías preguntar de esta forma”, “por qué no pregunta lo que yo le digo”, o ataques de frivolidad “twittera” que debate sobre el color de mi ropa, mi pelo o el tipo de reloj que uso. No creo que en la vida “real” ninguna de estas personas se acercaría a mí y me hablaría en los términos de confianza en los que escribe y, probablemente, le parecería socialmente inaceptable darle ordenes a un desconocido o tutearlo si le dobla la edad; sin embargo, no tienen ningún límite para hacerlo en el Twitter. Para quien no está habituado a este lenguaje, a veces brutal, uno podría atribuirles a estos interlocutores desde una conchudez superlativa, hasta un problema de severos malos modales.

Otra de las cosas que me sorprenden de esta interacción son los problemas de comprensión lectora o de déficit de atención. Apenas pongo los titulares pasan unos minutos y ya están preguntando ¿Qué hay esta noche en Prensa Libre?  Me deja perpleja la pregunta. Lo acabo de decir, pero ¿no lo leyeron? ¿no lo entendieron?  ¿requieren algún tipo de servicio personalizado e instantáneo?

Como todo medio de comunicación, el Twitter es también un imán de locos. Pero con la ventaja, para el agresor, de que aquí todavía puedes ocultar tu identidad. Eso le da poderes especiales a gente seriamente perturbada que reclama una forma de atención enfermiza. Se trata, en su versión más grave, de acosadores. Como no obtienen la atención que creen merecer se tornan sumamente violentos, tanto en su lenguaje (soez por lo general) como en su ímpetu por descalificar a quién consideraran “injustamente famoso”. Frases como “no eres periodista sino abogada” o “te me caíste” son las clásicas, de las que puedo reproducir. Los más elaborados preparan caricaturas, videos, reproducen y distorsionan parte de mi trabajo para desvalorarlo cientos de veces. Esto va más allá de la libertad que tiene cualquiera de gustar o no o de aceptar o no un contenido informativo. No es tampoco un problema de ideología, aunque estos raros sujetos suelen presentarse como radicales de izquierda. Por consejo profesional hay que darles atención, pero muy poca. Suelen tenerle pavor al contacto físico así que su agresividad será, casi siempre, solo verbal. Una nula atención les causa un enorme daño emocional y hace que se vuelvan más violentos. Sin embargo, en tiempos electorales los bloqueo.

Efectivamente, el Twitter tiene una función que permite al usuario bloquear a aquellos seguidores que desee. Así, no recibirá nunca más sus mensajes. Empecé a usar esta herramienta en las elecciones generales porque estas exacerban a los seres más enloquecidos de la web. Sin embargo en tiempos de elecciones son las “portátiles políticas” las que más daño hacen. Se trata de falsos usuarios que, a veces, corresponden todos a una misma persona, de determinado partido, que no sólo hacen propaganda por su candidato favorito, sino que se dedican a descalificar al adversario con las mentiras más salvajes y, de paso, a los periodistas. Cada usuario debería poner una foto o un “avatar” que lo identifique. Cuando no lo hace, el sistema le asigna un dibujo en forma de huevo. Si la persona que ataca es un huevito y no tiene ningún seguidor (es decir, son cuentas nuevas), lo más probable es que sea un miembro de estas portátiles.

Otra forma de referirse a los faltosos es con el nombre de “trolls”. Por lo general, el consejo más común es que no les contestes y así desaparecerán. Yo empecé mi actividad en Twitter haciendo exactamente lo contrario. Me toco mi primer difamador. ¿Y por qué lo voy a aguantar? Al final, termino rectificándose entre aplausos, cosa poco común en este medio. Sin embargo, se trataba de una persona identificada y con un blog. Por lo general los trolls son anónimos y esa es su fortaleza.

En esta campaña desarrollé otra estrategia que resultó muy útil y divertida. Es difícil para muchos comprender cuál es la naturaleza de mi trabajo. La culpa no es sólo de los twitteros sino también de los periodistas que se convirtieron en instrumentos de propaganda política. Sin embargo, las portátiles y los trolls de todos los grupos políticos asumieron posiciones salvajemente beligerantes. Mi posición en la campaña fue bastante simple: tratar de buscar la verdad en un escenario de confrontación y de mutua descalificación, recordando a las partes sus debilidades y desaciertos. Es decir, hacer periodismo. Eso enardeció a todos.  Como me dijo un twittero “mejor hubiera hecho campaña por uno sólo en la segunda vuelta, así  sólo la atacaba el 50%”. En vez de contestarles uno por uno o simplemente ignorarlos comencé a reenviar algunos de estos mensajes hostiles a los miles de seguidores de mi cuenta. No tuve que hacer nada más, para que, la solidaridad natural de estas redes funcionara. Cientos de usuarios furiosos se dirigían directamente al agresor. Luego procedía a bloquear y, a veces, como una gracia, le decía “chau” en un último mensaje.  Lamento haberlos llenado de basura hostil pero el experimento funcionó a las mil maravillas. Y creo que sirvió para que muchos supieran qué es lo que los periodistas aguantan cuando tienen el sincero deseo de tener una mejor vía de comunicación con la audiencia.

Mi trabajo es público pero no soy funcionaria pública. Sin embargo es bastante común que mis interlocutores me traten como si lo fuera. Tal vez sea una manifestación más de la poca o nula institucionalidad del Estado peruano o de la ignorancia juvenil respecto a mis supuestos “poderes”. Tengo desde pedidos de normas (como si yo fuera el Poder Legislativo), resolución de conflictos, asesoría jurídica y tramite documentario (“ya hice mi pedido al Ministro/Alcalde/Director pero no me hace caso” es la formula común) además de una variedad de “injusticias” que yo (sí, ¡yo misma soy!) debo resolver y que obviamente están fuera de cualquiera de mis más remotas posibilidades. Y así como piden, juzgan. Entiendo que un funcionario público debe rendir cuentas por su labor porque maneja dinero del Estado y responsabilidades públicas. Ese no es el caso de un periodista. Sin embargo, nuevamente la poca institucionalidad nos hace pararrayos de las furias sociales y éstas se manifiestan muchas veces no contra los actores políticos sino contra el mensajero. Matarlo sigue estando de moda y de las formas verbales más primitivas que puedan imaginar.

Otro habitante común en estas redes es el conspirador, o el que “sabe” de teorías de la conspiración. Este curioso personaje siempre sabe de todo. Desde lingotes de oro sacados de un supuesto “Paititi” por los Fujimori hasta la oportunidad o razón del próximo terremoto. Por cierto cuando les pides las coordenadas del Paitii (la famosa ciudad perdida), no responden aunque suelen ser muy hostiles sino son tomados en serio. Los conspiradores gozan también del chisme político del tipo, “Nadine Heredía se compró una casa en dos millones de dólares”, “ya va a nacer el próximo hijo de Alan García”, “Hugo Chavez está llegando a Lima para saludar a Humala” y cosas por el estilo. Obviamente esta es información descartable. Lo mejor, ni contestar.

El más mínimo intercambio no protocolar entre dos o más “famosos” es percibido y promovido como una “bronca”. Hay quienes la buscan y la encuentran y hay quienes las evadimos. Yo contesto de la forma más educada posible y me retiro, pero he constatado que algunos parlamentarios aman las peleas descalificantes por esta vía como una extensión del debate parlamentario. Creo que, en mi caso y en el de ellos, ésta no es la vía adecuada, pero no todos parecen tener los filtros necesarios entre su cerebro y el teclado y disparan sin medir las consecuencias que sus palabras tienen en su vida pública. Un anónimo puede decir lo que quiera y su máxima sanción será el bloqueo o la indiferencia. Un personaje público merecerá el repudio general si es que no escoge bien las palabras adecuadas.

Otro personaje común en Twitter es el loquito ortográfico. Este, pobre, sufre bastante dado que en las redes la ortografía ésta subordinada al mensaje.  Es decir, vale poco. Si yo corrigiera lo que leo me dedicaría solo a eso. Sin embargo a mi no me perdonan una. Suelen ser muy agresivos, sospecho que corregirme les da esa gratificación instantánea, tan buscada en estos medios.

¿Es un vicio el Twitter? ¿El del vouyerista que sólo lee? ¿El del exhibicionista que narra paso a paso hasta sus más leves movimientos estomacales? Es posible que lo sea. Mi recomendación es crearse una rutina. Por ejemplo, yo asocio el Twitter al trabajo, así que no twitteo los fines de semana, pero confieso que si miro en mi teléfono los mensajes. Tal vez venga un tsunami ¿no? A veces, los domingos en la noche, viendo los programas políticos lo hago, pero por lo general concentro mi atención de lunes a viernes.

También debo confesar que hay una cosa que sólo podré hacer en Twitter a partir de estas elecciones y que será un vicio irresistible: ver debates presidenciales. Una puede tener la experiencia de ver en televisión un evento político en familia o con un grupo de personas alrededor con los que intercambia impresiones. Hacerlo con 60,000 personas a la vez es extenuante pero divertidísimo. Los comentarios más ingeniosos, severos, benevolentes, destructivos o halagadores se recogen en tiempo real y hacen que la experiencia sea verdaderamente colectiva. El duelo verbal se da entre los espectadores que convierten hasta al más soso de los intercambios verbales de los candidatos en motivo de comentario.

Los twitteros son temperamentales. Aman y odian con pasión. Usan breves expresiones en inglés como “win” o “epic” para dar su respaldo o manifestar su condena. Arman cadenas que se convierten en TT (trend topic) y eso los emociona porque logran que cientos o miles de personas opinen o se manifiesten sobre un mismo tema. Un día te aplauden y al otro te quieren colgar. Son el público más feroz y más culto del Perú; el más inexperto y el más instruido; y pueden no creer en Dios pero temer el fin del mundo el 2012. Son, como todo colectivo inorgánico, la suma de todas las contradicciones, de todas las virtudes y de todos los defectos de un microcosmos de  la sociedad peruana. No la representa pero es, sin duda, una parte de ella.

Siento hacia ellos lo mismo que Borges respecto a Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”. Ahí seguiré, hasta que Marco me cuente cual es el nuevo invento en la web y por qué, ahora sí, “no puedes dejar de estar ahí”.

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