fotos , historia , sociedad Viernes, 21 enero 2011

Tres adioses a Luis Jaime Cisneros

En los tiempos de Velasco, Luis Jaime Cisneros y el padre Felipe Mc Gregor, entonces rector de la universidad Católica, víctimas de las picanas eléctricas que estrenaba la policía contra una manifestación estudiantil. La universidad acaba de cumplir 85 años de fundada. (foto y leyenda: Caretas)

Ernesto Reaño:

Marco me pide un texto sobre Luis Jaime y no atino bien, aún, a comprender que no lo veré tras su máquina de escribir de su casa en La Paz, como en octubre último, para saber que mientras esas teclas golpeasen sobre el rodillo el mundo tenía verdaderamente letras y latidos.

Lo conocí en 1996. Me han preguntado cómo eran sus clases y termino recordando que el aula iba donde fuese Luis Jaime. Una posición fonética separa ‘aula’ de ‘aura’, en él no había esa distinción que marca nuestro lenguaje.

Era un hombre que rescataba la palabra “espíritu”  en su pedagogía para teñirla de Ilustración y en cada pronunciación uno podía sentir los ecos de Valéry o de Malraux porque, para él, la vida era una Política del Espíritu. Precisa, exacta, genuina.

Hay un poema de De Lamartine que nombra a aquellos que nuestro corazón ama y habitan el césped: “amigo, si tu alma está llena / de tu alegría o de tu pena / ¿quién llevará la mitad?”. La mitad de esta pena que se atraganta la llevo conmigo y la mitad de la alegría de cada momento a tu lado. Y la vida es Diálogo y tú Luis Jaime completas esa mitad para seguir creyendo, para seguir aprendiendo, para saber que el Espíritu nos alcanza más allá de nuestras palabras y que no es necesario decirte adiós mi querido Maestro. Alcancé a decírtelo varias veces: te quiero mucho.

Dr. Luis Jaime Cisneros

Tomado del flickr de Gustavo Kanashiro.

Patricia del Río:

“¿Puedes escribir un artículo sobre Luis Jaime que acaba de fallecer?”, la pregunta me llega como un sopapo y de pronto me doy cuenta de que no estás más. Que ya no escucharé de tu voz siempre ronca, siempre acompañada de esa carraspera que te caracterizaba tanto, tus consejos, ni tus chistes ni tus fantásticas reflexiones acerca del lenguaje, de la libertad, del ser humano. Nada de leer a Borges en voz alta o recitar el Quijote de esa manera que solo a ti te salía bien. Con cadencia, con pausa, con paciencia. Con esa voz de hidalgo que nos dejaba a todos tus alumnos, embobados, con cara de idiotas Sanchos.

Dicen que te has muerto y yo no sé ni por dónde empezar a escribir que has sido la persona que más me ha enseñado en la vida. De la que más he aprendido. Porque no me llenaste de datos, de información inútil. Tampoco me atiborraste de conocimientos. Me hiciste dudar, me obligaste a reflexionar, pero sobre todo me enseñaste a aprender, “porque solo así se aprende a enseñar”, decías. Menudo trabalenguas, el que usabas para definir la extraña cualidad del maestro que consiste en descubrir sus propios obstáculos, sus propias limitaciones para así intuir las que se les presentarán a sus alumnos. No se trata de imponer sino de guiar, no hay recetas para el éxito, decías, ni fórmulas para evitar el fracaso, nuestro trabajo es acompañar a nuestros alumnos para que sean ellos mismos los que encuentren sus propias soluciones. Eso me decías, nos decías a todos los que tuvimos el privilegio de andar contigo.

De eso se trató tu vida. De esperarnos en tu oficina, o en tu casa de Gral. Borgoño primero, o en la de la Paz después, a que llegáramos llenos de dudas intelectuales, inquietudes profesionales y también paltas personales, por qué no. Y ahí estabas siempre sonriente, siempre flaco, siempre ronco. Bromeando con tu perro que solo obedecía si le dabas órdenes en esdrújulas. Nunca salí de tu oficina con una solución fácil bajo el brazo, mucho menos con una recomendación o respuesta enlatada. Siempre me fui con un libro. Con una novela, un poema, o un ensayo en cuyas páginas tú sabías que encontraría lo que estaba buscando.

Alguna vez me dijiste que el mejor maestro es el que te ayuda a descubrirte. El que te muestra que eres mejor de lo que creías. El que te enseña que no eres el que pensabas, que eres otro. Tú fuiste mi mejor maestro, Luis Jaime, y ahora dicen los diarios que ya no estás. Dicen que te has muerto, y a mí esta pena me ha dejado huérfana. Me ha dejado, mira tú qué paradoja maestro, con una absoluta orfandad de palabras para expresar tanto agradecimiento.


Enero de 1956, Teatro Segura. Luis Jaime Cisneros es sacado en hombros al finalizar su discurso en el Congreso de la Democracia Cristiana por un eufórico miembro de la juventud DC: Mario Vargas Llosa. Lo ayuda Armando Zubizarreta. (Foto y leyenda: Caretas, via Heduardo)

Mario Vargas Llosa:

Fue mi maestro. Yo lo conocí como mi maestro en el año 1954. Fue mi profesor en San Marcos en el curso de literatura española del Siglo de Oro. Y creo que entre todas las cosas que fue Luis Jaime Cisneros, crítico, periodista, filólogo, lo más importante fue para él la de maestro. Creo que fue, sobre todo, un gran maestro por cuyas aulas pasaron miles de estudiantes de muchas generaciones y creo que todos lo recordamos con admiración y cariño. Era un magnífico profesor, riguroso y al mismo tiempo de un entusiasmo contagioso que nos descubrió a muchos -a mí entre ellos- la maravilla de los libros clásicos de la lengua. Por otra parte, no era un maestro encerrado en la universidad, él abría su biblioteca particular a los alumnos, prestaba libros y hacía a veces en su casa tertulias que para mí están muy vivas en la memoria. Era un guía generoso que ayudaba a los estudiantes.

También recuerdo haber trabajado con Luis Jaime, cuando yo era estudiante todavía, a finales de la dictadura de Odría. Él estaba vinculado al partido demócrata cristiano que se estaba formando en ese tiempo y fue director de un pequeño periódico que se llamaba Democracia, un pequeño semanario contra la dictadura en el que yo colaboré, de tal manera que tuve una relación bastante cercana con él. Después hemos sido muy amigos toda la vida.

Yo creo que entre todas las virtudes de Luis Jaime, además de las virtudes intelectuales, está la de haber sido una persona sumamente generosa, sin enemigos, que ayudó siempre en lo que pudo a los demás y que por eso es tan querido y admirado en todos los círculos, en todos los medios. Estoy seguro de que es una persona que será siempre recordada con gratitud y con cariño.

Era una persona muy digna, muy decente, eso que antiguamente se llamaba un caballero, que tenía una conducta cívica, ética, ejemplares, y creo que eso lo reconocen tirios y troyanos, una de esas personas que no tienen enemigos y que siempre fue muy respetado y muy querido porque, aparte de sus méritos intelectuales, era un hombre bueno

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