tv Martes, 24 marzo 2009

La historia secreta de Laura Bozzo y Gustavo Espinoza

espibozzoDos de los entes más -¿cómo decirlo sin que se ofendan?- repulsivos que alguna vez ha engendrado esta hermosa tierra del sol comparten un secreto. Una historia oculta que ha salido a la luz hoy en una crónica de Juan Manuel Robles para la revista Soho The Italian Job move .

Lo que nadie sabe es que este hombre [Espinoza] se estrenó en el arte de la extorsión espía con la hoy célebre doctora Laura Bozzo, hace más de veinte años. El congresista Espinoza se ríe, él no usaría esa palabra tan fea, extorsión, qué es eso, no sea malo.

—Yo solo quería que Laura aprendiera a respetar —dice.

Rebobinemos un poco. Antes de ser una de las conductoras más famosas del continente, Laura Bozzo era un ser humano con necesidades. Sin dinero ni trabajo seguro, se enroló en la política activa. En 1992, fue candidata a concejal de una agrupación política menor de provincia —un partido tradicional ya la había rechazado—, luego de hacer amistad con el líder. Previsiblemente, el grupo resultó derrotado, pero ella obtuvo un sitio como concejal en la Municipalidad. La idea era hacer oposición. Sin embargo, en menos de dos semanas, Laura Bozzo se volvió escudera del alcalde y le dio la espalda a su movimiento, generando la decepción de su líder y la indignación de sus compañeros de lucha, que se sintieron traicionados. Uno de esos compañeros era Gustavo Espinoza Soto. Maltratarlo acremente en las discusiones municipales fue, quizás, el más grande error de la vida de Laura.

Espinoza era un policía retirado sin instrucción universitaria, pero con mucho barrio. Un día, vio a Laura Bozzo salir con un hombre que no era su marido, un concejal que tenía un cargo de confianza en la Alcaldía. La cosa no pasaba de ser un rumor, una sospecha, hasta que alguien le entregó al señor Espinoza la factura de un cuarto de hotel a nombre de la Municipalidad. Entonces, decidió actuar. «Seguí a Laura durante meses, hasta que un camarero me lo confirmó todo. Siempre usaban la misma habitación», dice. Decidió denunciarla delante de todos, factura en mano: «¡Esta señora tiene relaciones amorosas con un concejal de acá y paga con la plata del Concejo!». Laura Bozzo estalló en gritos, destemplada, fuera de control. Al menos cuatro testigos coinciden en señalar que la mujer usó las expresiones «maricón de mierda» y «conchatumadre».

Pero el tema no quedó allí. Un día Espinoza, encontró un VHS. Él asegura que el casete mostraba a Laura con el concejal, en el hotel. «Tenía un vestido amarillo con bolitas negras», evoca. Decidió llevarle una copia a Laura Bozzo para que la viera. Laura lloró y le rogó que pensara en sus hijas. Al verla así, él se dio cuenta de que el asunto era muy delicado. Tuvo compasión. Pero también quería divertirse. Un poco. Así que, desde entonces —y esto lo atestiguan compañeros de esa época— Espinoza llegó siempre a las reuniones del Concejo con un casete en blanco con el rótulo «Laura» en la etiqueta. Era como hacer la reedición cotidiana del experimento de Pavlov: cuando mostraba el casete, la fiera se volvía mansa, dócil.

—Se quedaba quietecita, la pobre.

Esta es mi tierra, así es mi Perú.
The Royal Tenenbaums

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